DE REGRESO AL HOMOSAPIENS
Llegamos
al punto donde nunca debimos llegar: la incivilidad. Si en algo nos hemos
distinguido como raza humana (incluyendo los tan mentados reptillians), es que
nuestra especie tiene al razonamiento como aquello que nos distingue de los
animales, pero parece que esa distancia se está reduciendo significativamente y
nos estamos acercando, sin más ni más, a nuestros ancestros neandertales, que
en su primera etapa de evolución, llegaron a consumir carne humana y a utilizar
los huesos de sus congéneres como herramientas para tallar útiles de piedra.
Consumir
carne humana ya se da en Nigeria, China y Londres donde en una carnicería se descubrió
que su tendero tenía carne humana para la venta. Repulsivo, pero el caso es
menor frente al de Omaina Nelson, reportado entre otros casos por el portal
Pijamasurf, donde relata que luego de
casarse con Willian Nelson en EEUU, soportó episodios de maltrato, golpes e
incluso violaciones. Un buen día ella llegó a
su límite y lo atacó, lo mató y lo cortó en pedazos pequeños, los cuales pasó
por aceite en una sartén. Las costillas de su marido, las cortó, las bañó en
salsa BBQ y se las comió.
Un
ejemplo macabro, perturbador, de una frontera que ya traspasamos, y que hoy abre el debate sobre la forma como
debemos castigar a quienes se pasan los límites de la violencia contra personas
indefensas sean niños o adultos, que han sido víctimas de torturas bajo todos
los métodos: desde motosierras hasta la desfiguración por quemaduras, baños con
sustancias químicas, descargas eléctricas, desgarres musculares,
aplastamientos, ingestión de elementos cortantes, o violación.
Ahogar
y estrangular a una niña de 7 años hasta matarla, es un método tan bárbaro como
el consumo de carne humana. No estamos lejos de eso, sin exagerar. Los casos
que ilustra medicina legal sobre violaciones y torturas son aberrantes. La
sociedad está pasando por su peor momento psicológico colectivo. El maltrato
físico deja secuelas que evidencian comportamientos inadecuados, pero el
maltrato psicológico no las descubre fácilmente. Personas resentidas,
rechazadas, quienes han sufrido humillaciones, amenazas y agresiones verbales,
van alimentando una especie de odio hacia otros que se manifiesta socialmente
en las relaciones interpersonales y el comportamiento desmedido, cuando no
logran controlarse con sus gustos o sus aficiones.
Basta
ver las redes sociales y la forma como se expresan los internautas en temas que
parecen plantearse para un desahogo personal y no para generar opinión
alrededor de personas o asuntos de impacto social. La vulgaridad y el desprecio
hacia desconocidos, el maltrato público hacia el buen nombre y la exposición a
la vergüenza social, son actitudes manifiestas de que ya no estamos para
socializar, sino para sobrevivir.
La
política genera en mucho, esas respuestas. La impotencia de los ciudadanos
frente a sus reclamos sobre corrupción, por ejemplo, hacen que sean recurrentes los ataques a
líderes y a opinadores por las redes sociales. El volumen desmedido de sus
ataques verbales hacia las autoridades de gobierno, o de la clase política en
general, es evidencia de ese neandertalismo social, que tiene todas las
plataformas a su alcance. No hay
control. La sociedad está desbocada a una destrucción psicológica que toca
todas las clases sociales sin tener en cuenta estrato social o nivel de
educación. Lo que creíamos que era allá
en el sur, en los bares, en los sitios de mala muerte, en burdeles y en las calles
llenas de mariguaneros desadaptados y gamines, ahora es en un apartamento
estrato 6, en un jacuzzi, en una camioneta de alta gama, y no con marihuana,
sino con sustancias psicoactivas que carcomen el cerebro.
Los científicos
hablan del instinto de conservación que tenemos los humanos y que se manifiesta
en pequeñas pruebas: Cuando nos acercan las manos a los ojos, tendemos a
cerrarlos. Cuando caemos, siempre intentamos poner las manos para amortiguar la
caída. Así, una serie de cosas cotidianas que hacemos, que explican esta
conducta innata. Pero parece que hasta eso se ha perdido. Matar a una persona
bajo los efectos de la droga, demuestra
que ni la vida de ella, ni la propia, son un asunto de interés para el
victimario.
Así las cosas, congéneres humanos, estamos
ante un debate más amplio que la castración o la cadena perpetua, que apoyo
ampliamente, como asuntos con los cuales se lograría ejercer algún tipo control
a estos comportamientos. El problema es social, estructural, de valores, de
respeto, de amor a la vida. Los niños están siendo blanco recurrente de toda
clase de vejámenes que van a llevar inexorablemente al fin de la infancia como
etapa natural del ser humano. Tendremos adultos de 10 años, sin la necesidad de
desarrollo cognitivo, ni físico, ni psico afectivo. Eso lo están aprendiendo a
los golpes, y cuando puedan salir a la sociedad a generar vínculos, lo harán con violencia, como lo aprendieron de
los grandes, en su casa, de extraños, del vecino, del tío, de los amigos. Ya no hay instinto de conservación para
preservar la vida, la especie, es para eliminar al otro, al opositor, al que no
está de acuerdo. Pasamos por encima de
la voluntad suprema de Dios y regresando a la época de las cavernas. De regreso
al homo sapiens neandertal.

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