DEL CONTRATO SOCIAL Y LA EMPATIA INSOLVENTE




Tuvimos la ocasión de presenciar digitalmente, la entrega del Plan de Desarrollo Distrital por parte de la alcaldesa mayor de Bogotá, Claudia López, en el marco de la sesión de instalación del Concejo de Bogotá para el nuevo periodo normativo.  Todo es nuevo: el Plan, el Concejo, y las comunicaciones digitales que son un paso fundamental para el ejercicio de democracias inclusivas, participativas y con mayor transparencia en lo que se refiere al estado de opinión, porque por lo menos nos adentramos en escenarios que para muchos han sido ajenos y conocemos los procesos y procedimientos del cabildo distrital, con lo cual nos hacemos a una una idea más precisa de cómo trabajan los políticos en su quehacer de gestión pública.

Pero adentrémonos en el asunto que nos convoca: el plan de Claudia; así lo llamaremos para acortar el título que resume la inspiración temática, ideológica y coyuntural de la ruta que en adelante se propone para Bogotá, y que si se titula: “UN NUEVO CONTRATO SOCIAL Y AMBIENTAL PARA LA BOGOTÁ DEL SIGLO XXI”

El enfoque fundamental de la propuesta, apunta a superar las dificultades y convertirlas en oportunidades, para concentrar los esfuerzos en la contención y mitigación de la pandemia COVID 19, durante el año 2020 -o lo que queda de él-, y avanzar en los siguientes años hacia el impulso de una estrategia integral de reactivación social y económica. El coronavirus nos cogió "con los calzones abajo", como dice el adagio popular. Nadie estaba preparado para esto. Pero lo cierto es que Colombia ha fallado estructuralmente en tener planes de contingencia permanentes que le permitan atender estas emergencias cuya ocurrencia será más frecuente y cada vez con mayor impacto.

No nos digamos mentiras. Colombia no está preparada para grandes terremotos ni tragedias que comprometan el medio ambiente. En los últimos años, la naturaleza se ha rebelado y hemos tenido más de un evento telúrico y catátrofes como la de Mocoa, que hace tres años casi desaparece, no obstante que se convirtió en un laboratorio de Big Data que hoy permite medir temas como la movilización de su población y el bajo retorno hacia el municipio. Pero en atención de desastres, aún nos falta mucho. Las ciudades no tienen en sus presupuestos recursos suficientes para fortalecer los cuerpos de emergencias, hospitales, bomberos y cuanta infraestructura se necesita para estas calamidades. Hasta ahora estamos asomándonos a una realidad que demanda ese enfoque y poner el barco de cara a la ola de cambios que impone la naturaleza, por cuenta de la mano depreradora de la raza humana.

El Plan de Claudia, aborda la temática como eje importante de su propuesta pública. El cambio climático era hace unos años una alucinación y los lunáticos eran confinados al ostracismo por sus insólitas teorías apocalípticas. Para el siglo XXI, el asunto se trepa a las agendas gubernamentales, pero se politiza; ahora con redes sociales, se logra formar opinión y compartir contenidos para generar conciencia, pero siguen sin faltar los twitteros opositores que descalifican los esfuerzos de difusión y aún creen que eso es un cuento chino. A fuerza de la pandemia, creo que el cuento chino les quedó un poco más claro que el alós.

Se vuelve necesario acudir a la búsqueda de las fuentes e ilustrados expertos para entender los cambios del planeta y para conocer más nuestros territorios. No son sólo arboles y potreros. Se trata de la vida y de lo que nos provee para subsistir.

En Colombia, más allá de la politización del debate, desde tiempos pretéritos los temas ambientales han estado de la mano del Estado. El desarrollo y la revoluciones han moldeado los imaginarios colectivos que desafortunadamente han tenido a la violencia como ingrediente para lograr el dominio de los territorios. la riqueza ha estado ligada a la depredación y de allí se han derivado economías ilícitas, que hoy nos pasan una cuenta de cobro que no sabemos cómo saldar.  El tema es estructural e histórico y debemos pagar en corto tiempo esa factura, con cambios en el comportamiento social, en nuestra relación con la naturaleza y aún con cargas impositivas que se proponen para educar a los ciudadanos y ajustarlos al nuevo milenio. Pero son cargas con las cuales perdemos casi el dominio sobre los bienes privados, como el uso del vehículo que se convierte casi en un delito por cuenta y riesgo de la contaminación ambiental. En mi humilde opinión, estamos exagerando.

En una ciudad cuyas distancias y movilidad son insubsanables, el uso del carro particular no se puede satanizar, de tal suerte que si lo tienes, debes pagar más o compartirlo con otros.  Muchos no están dispuestos a eso, porque el vehículo es un bien privado y hace parte de la vida privada de quienes lo adquirieron por gusto o por necesidad; es como la vivienda, un activo del que solo su dueño puede disponer en uso y en valor. Pero para Claudia, sigue siendo una factura y va con toda contra su uso con la idea de montarnos a todos en la bici o en transporte público. Creo que esa visión es interesante pero su alcance será de largo aliento. Las ciudades fueron concebidas para el concreto, para la industria, para la infraestructura, para la movilidad fósil. Las calles para los carros. La nueva visión planteada por nuevas generaciones, debe ser solidaria con esa concepción bajo la cual crecieron las ciudades y millones de personas que no cambiarán sus costumbres de buenas a primeras, y menos si es a las malas. Sin rancho: no me diga cómo debo comportarme o educarme, ni cómo gastar ni en qué. Una negativa al cambio que debe ceder, pero no a la fuerza.


¿EMPATIA SIN EMPLEO?




El plan de desarrollo local, es un ejercicio ciudadano que requiere un tejido social fuerte, unas violencias reducidas a su mínima expresión, una economía sólida, una sociedad preparada y consciente. La propuesta del contrato social para el siglo XXI es inspiradora, pero hecha para una ciudad ideal, socialmente hablando.  La pandemia ha revelado problemas ocultos que muestran unas grietas sociales maquilladas, sostenidas de apariencias y consumismo que hoy son insostenibles. La pobreza de las clases medias no se reduce a temas bancarios y de préstamos a interés. Se trata de empleo e ingresos de un sector social profesional que por cuenta de la edad quedó por fuera del mercado y,  casualmente, sostiene a su núcleo familiar. Son profesionales entre 40 y 50 años, alcanzados por nuevas generaciones que al canto de la sirena de las nuevas tecnologías llegaron a descrestar a las empresas y entidades con sus trinos y métricas, sacando del mercado laboral, a la experiencia y al papel. Cero papel.

Una pelea desigual, de generaciones, de edades, de capacidades, de tecnología. Es una nueva violencia que se enquistó en la economía y desata problemas en cadena: sin edad, no hay empleo; sin empleo, hay hambre. Y así se acaba la clase media. No se trata de culpar a los jóvenes; ellos también tienen su propio drama del desempleo por falta de experiencia pero tienen más oportunidad que los adultos para exigir, dejarse ver, marchar y reclamar. Se trata de economía de bolsillo de la clase media, esa que no está en el trapo rojo pero que ya tiene la tela lista para cortar. El nuevo contrato social, habla del empleo, pero de aquel moderno, sistematizado, big data. La creación de empleo cercano, en casa, digital. Excelente. Pero con un llamado al sacrificio de lo material para dar un paso hacia una vida más solidaria y más empática. ¿Uno empático y sin empleo?

La violencia que antes era por los territorios, ahora está en casa y se acrecienta por el aislamiento y los bolsillos vacíos que toca llenarlos como sea. Sin más vueltas: con big data o sin ella, es necesario generar empleo, trabajo. El nuevo contrato social debe incluir de manera importante una reactivación económica que atienda las realidades de las generaciones que sostienen los hogares y que son profesionales de clase media. Si hay empleo, hay dinero y la empatía que Usted quiera, con la que se pueden pagar impuestos y servicios cuando toque y salir en bici o en patines o a pie, o pensar en el cosmos y los platillos voladores. Pero sin eso, la empatía es insolvente y el contrato social insostenible. Las metas ODS y el nuevo orden mundial no se cumplen sin personas felices, capaces y con bienestar. Tenemos que resolver ya lo urgente para que lo importante sea realidad.















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